La voz del mar - Ryan I. Ralkins

 

           

«El mar…ante el rugido de sus olas pienso: ¿Por qué ese estruendo me da tanta paz? Si viviera cerca no lo añoraría tanto.  Quizás estoy loco pero últimamente me parece escuchar su llamada. Y esa llamada tiene voz de mujer».

            Esos eran sus pensamientos una tarde en la que llegó, como de costumbre, faltando  media hora para la puesta del sol. Era el momento que más admiraba por la paleta de colores que se dibujaba entre el cielo y el agua, fundiéndose en el horizonte en tonos anaranjados y rosas tan extraños. Pero esa tarde no era igual que las demás, pues en el lugar donde acostumbraba ver el mar se encontraba una muchacha. Llevaba recogido su cabello castaño en una larga trenza.

            —¡Hola! —saludó ella, un tanto emocionada, apenas él se acercó.

            —Hola —respondió él, intentando ocultar su enojo.

            —¿Te molesta si te acompaño hoy?

            Ante su pregunta un leve sentimiento de culpa le asaltó. En realidad sí le molestaba pero no por alguna razón de peso, sino que en esos momentos prefería estar solo y divagar en nuevas ideas que usaría algún día... quizás.

            —No, no, para nada —respondió, pensando que no pasaría nada por tener compañía, al menos por esa tarde.

            La muchacha sonrió y volvió su mirada al mar. Un par de pelícanos se abalanzaron hacia el agua, luego de planear con gracia unos instantes. Las olas ese día parecían más intensas que de costumbre.

            —Es hermoso —comentó ella en voz baja.

            Él asintió. El sonido de las olas se volvió más claro que antes debido al repentino silencio. Un vistazo atrás le hizo descubrir que los grupos de personas comenzaban a retirarse después de haber pasado un largo día de playa.

            —Me llamo Niena.

            —Edward —se presentó él. La sonrisa asomó de nuevo en el rostro de Niena.

            —Mucho gusto, Edward.

            Y al verla sonreír, Edward no pudo evitar devolverle la sonrisa. Volvieron a quedarse en silencio hasta que el sol comenzó a desaparecer en el horizonte y para cuando lo hubo hecho, el hechizo pareció romperse. Durante unos instantes ambos se quedaron desconcertados, sin saber muy bien qué hacer. Poniéndose en pie y sacudiéndose la arena, se despidieron dirigiéndose en dirección contraria. Mientras caminaba, Edward volteó a mirar atrás y descubrió que ella también lo miraba.

            —Nos vemos mañana —le gritó Niena y él se sorprendió al darse cuenta de que estaba asintiendo.

           

            Cuando regresó a la tarde del día siguiente, Niena ya estaba allí. Ese día llevaba el cabello recogido en una coleta. Apenas le vio, sonrió. Esa vez hablaron bastante rato mientras aguardaban la puesta del sol, para la que faltaba poco menos de una hora.       

            —Te he visto venir aquí todos los días —comentó ella.

            —¿En serio?

            —Sí. Desde mi casa —respondió, señalando una casa que se alzaba en una pequeña colina, a una veintena de metros de donde estaban—. En un principio me parecía normal pero vi que nunca faltaste durante meses y sentí curiosidad.

            —Ya veo.

            —Discúlpame. No pretendía molestarte.

            —No, tranquila —se apresuró a decir Edward—. Es solo que no estoy acostumbrado a despertar curiosidad en nadie.

            —Que tú sepas —dijo ella volviendo a sonreír.

            Ante su sonrisa los nervios le atacaron y para distraerse, Edward tomó una concha del suelo y la observó con interés para luego lanzarla hacia la arena.

            —Quizás —dijo al fin, sintiendo que Niena no apartaba la mirada de él.

            —¿Quieres saber el motivo por el cual vengo aquí? —susurró Niena, tomándole la mano justo después de acercarse más.

            —Si quieres decirme, adelante.

            —En un principio fue por curiosidad. Me preguntaba por qué razón venías todos los días a observar el atardecer. Hasta que yo misma lo observé. En ese instante sentí que algo me invitaba a quedarme. Y entonces comencé a venir todas las tardes aunque me quedaba lejos hasta…—dijo Niena.

            —Hasta ayer —terminó Edward y ella asintió.

            —Sí. Hasta ayer.

            Niena se llevó las manos al rostro y se secó una lágrima solitaria. Al notarlo, Edward se removió incomodo.

            —¿Y cuál es tu razón? —preguntó ella, sacándolo de sus pensamientos.

            Edward dudó. Durante un instante sintió ganas de contárselo todo. Pero el miedo se lo impedía.

            —No te lo puedo decir —respondió al fin.

            —¿Por qué?

            —Porque no volverías nunca —dijo en un susurro.

            —¿Y si no volviera por no decirme? —preguntó ella, parándose frente a él.

            Se movió tan rápido que Edward dio un respingo al verla a menos de un metro de distancia, con las manos en las caderas y un brillo extraño en sus ojos. Abrió la boca para decir algo pero la cerró al instante.

            —Está bien, te lo contaré…algún día —dijo al fin en voz baja.

            —¿Por qué no mañana?

            —Porque no estoy listo para que te alejes.

            Su respuesta tomó a Niena por sorpresa. Sonrojándose, bajó las manos.

            —¿De veras crees que me iría? —dijo en un susurro.

            Edward asintió.

            —Cuando te lo diga, lo entenderás.

           

            Esa noche Edward no pudo conciliar el sueño. Temía la llegada del próximo atardecer. En un principio la presencia de Niena le molestaba pues le impedía concentrarse y divagar en el mar de pensamientos a los que estaba acostumbrado. Pero esos dos días le bastaron para darse cuenta de que estar con ella no era tan malo como había pensado. Solo pensar en no volver a verla le hacía un nudo en el estómago. Y así fue durante semanas. Hubiese lluvia o sol, ambos se encontraban para ver caer el atardecer. Pero cuando esto sucedía, retomaban la conversación. Y era en esos momentos en que Edward le contaba más de sí.

            —Yo… no soy bueno tratando con las personas —dijo esa tarde, mientras jugueteaba con unas conchas.

            —No te entiendo.

            —Me refiero a hablar, hacer amistad. Lo he intentado pero siempre termino igual.

            Niena sonrió.

            —Pues conmigo has hablado mucho y de temas bastante profundos.

            —Y no entiendo como lo he hecho, sinceramente.

            —Yo sí —dijo ella y se acercó. Sus miradas se cruzaron y ambos se quedaron en silencio, de pie uno frente al otro—. Creo que tienes mala opinión de ti mismo.

            Edward le tomó la mano. Niena se estremeció un poco, sonrojándose. El corazón le latía con fuerza.

            —Si supieras…

            —Entonces dime.

            Edward suspiró. Cerró los ojos y llevándose la mano de Niena a los labios, la besó.

            —Está bien. Mañana te lo contaré.

 

            Al llegar la mañana el cielo estaba gris y a eso del mediodía se desató una lluvia que nada debía envidiarle a un huracán. Hasta el viento le hacía compañía, provocando que las gotas de agua picaran la piel como alfileres. El viento amainó a eso de las tres de la tarde y para las cinco un pálido rayo de sol se hizo hueco en el mar de nubes. Edward observó su aparición con el corazón latiéndole con fuerza. Minutos después llegó Niena. Llevaba el cabello suelto esa tarde.

            —Hola —saludó apenas llegó a su lado.

            —Hola.

            —Pensé que el sol no saldría hoy —le dijo ella al oído, mientras ambos se abrazaban.

            —Ha sido un día extraño.

            Volviendo la vista al mar, vieron en silencio como el sol se ocultaba. La brisa fresca y fría les helaba la piel pero ambos se quedaron allí, tomados de la mano, respirando profundamente. Entonces, Edward habló.

            —Yo intenté quitarme la vida.

Niena parpadeó, atónita y dio un paso atrás.

            —¿Por qué?

            —Me sentía tan vacío que cada minuto era una tortura. La situación llegó a tal punto que pensé que nada valía la pena y un día me decidí y… —su voz se quebró. Niena hizo ademán de acercarse pero se contuvo. Un temblor le recorrió el cuerpo de forma visible—. Cuando desperté, seguía con vida en el hospital. Dios me dio una oportunidad, al parecer.

            —¿Cómo ha sido?

            —Difícil. Todas las mañanas me asaltaban pensamientos suicidas. Luego me preguntaba la razón por la que Dios me dio otra oportunidad. Hasta que un día escuché el llamado del mar y esos pensamientos cesaron —continuó Edward.

            —¿Cómo que el llamado del mar?

            —En mis sueños veía el mar y escuchaba la voz de una mujer llamándome desde las olas —respondió Edward, mirándola a los ojos—. Y ayer me di cuenta de que esa voz era tuya.

            Niena bajó la mirada mientras se retorcía las manos. Hizo silencio unos segundos y cuando al fin sus miradas se cruzaron, vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

            —Entonces hay algo más que nos une.

            Edward frunció el ceño.

            —¿A qué te refieres?

            —Yo también vi como mi madre intentaba quitarse la vida. Dios también le dio una oportunidad —dijo y se cubrió el rostro con las manos.

            Edward se acercó y la abrazó.

            —Siento mucho traerte estos recuerdos.

            —No pasa nada —dijo ella, intentando controlarse. Se limpió las lágrimas del rostro y sonrió débilmente—. Así que ya sabes que no me iré.

            Ante sus palabras los ojos se le aguaron. Sintió un calor intenso en el pecho. Le tomó de las manos.

            —¿Es muy pronto para decirte  que te amo?

            La sorpresa le brilló en los ojos. Y aunque Edward no podía sostener la mirada mucho tiempo, la soportó perdiéndose en el castaño más hermoso que había visto en su vida.

            —No sé qué decir ante eso —dijo ella, sonriendo nerviosa.

            —No tienes que decir nada…

            Se fundieron en un abrazo.

            —Volveré aquí todas las tardes y hablaremos hasta la puesta del sol.

            —Trato hecho —dijo Edward y antes de que pudieran separarse, Niena le dio un breve beso en los labios.

—No es muy pronto —susurró y se volvió. Corrió hacia la colina donde estaba su casa mientras él la observaba con el corazón latiéndole a toda velocidad.

           

            Cuarenta años pasaron desde ese primer beso. Sentado a la mesa, Edward observaba los restos de avena en el plato. Una taza de café ya vacía estaba justo al lado y detrás de la taza, un sobre amarillo bastante grande. Se levantó con lentitud debido al intenso dolor de espalda que le aquejaba. Fue hasta su cuarto y se puso su abrigo favorito: era uno color gris, con capucha. Lucía bastante gastado por el tiempo y tenía pequeños agujeros en las mangas. Al tocarlo no pudo evitar sonreír a la vez que se le escapaba una lágrima. Ese fue el primer regalo que Niena le dio.

Minutos más tarde cerró la puerta después de dar un vistazo por la casa, yendo habitación por habitación. Pensó en sus hijos, quienes vinieron a verlo la noche anterior.

«Estarán bien. Estoy seguro».

Apoyado en su bastón, se dirigió hasta la carretera y echó a andar rumbo al pueblo. Varias personas conocidas, que lo veían tomar ese camino todas las tardes, se ofrecieron a llevarlo pero él rechazó cada ofrecimiento con una sonrisa en su rostro. Una vez llegó al pueblo, a eso de las diez de la mañana, fue directo hacia su destino: el cementerio. Y una vez allí, se detuvo ante la lápida que señalaba la tumba de Niena. Apenas la vio soltó el bastón, cayó de rodillas y sin importarle que le escucharan, lloró hasta que ya no tuvo más lágrimas para derramar. Las horas pasaron con lentitud pero él solo tenía ojos para ese pedazo de cemento gris. Observó los ramos de flores ya marchitas que él le llevaba todos los días.

—Hoy no te traje flores porque pronto estaré contigo. Lo siento en mis huesos. Mi corazón lo sabe y la vida se me escapa por momentos desde que te fuiste —dijo con voz entrecortada y acercándose a la lápida, puso su mano sobre ella—. He escuchado tu voz esta mañana, igual que antes. Desde que te fuiste no he vuelto a mirar el atardecer. Pero hoy lo veré una última vez.

Cuando se hicieron las tres de la tarde, se levantó y tomando su bastón regresó al pueblo. Apenas le quedaban fuerzas para caminar pero estaba decidido a no perder ni un segundo y a eso de las cinco y media llegó a la playa. Allí estaba la piedra donde Niena y él tenían por costumbre sentarse a ver el atardecer. El lugar parecía tan diferente a como era años atrás. Más casas y menos naturaleza pero el mar y el cielo eran los mismos. Se dejó caer sobre la piedra y cruzando las piernas, suspiró mientras cerraba los ojos y sentía la suave brisa del mar jugar con su cabello.

—Llegaste —dijo entonces una voz y al abrir los ojos vio a Niena dirigiéndose hacia él desde la playa. Pero volvía a ser joven de nuevo y llevaba el cabello amarrado en una trenza, igual que el primer día que la vio.

—¡Niena! ¡Oh, Niena! ¡Qué alegría volver a verte! —exclamó Edward sonriendo y sintiéndose joven de repente, corrió hacia ella.

—Escuchaste mi voz. Pensé que no la escucharías —dijo ella sin ocultar su alegría.

—Esta mañana, en mi último sueño te escuché —dijo él y señaló al mar—. Desde que te fuiste no he vuelto a mirar un atardecer aquí.

—Lo sé.

Ambos se quedaron de pie, tomados de la mano mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte. El color anaranjado se reflejó en el agua de una manera tan espectacular que Edward no recordaba haber visto nunca un atardecer tan hermoso.

—Es hora de irnos.

—¿Irnos? —preguntó él sin comprender.

            Niena le sonrió y con la cabeza señaló hacia atrás. Al mirar hacia la piedra se vio a sí mismo viejo y pequeño, sentado con las piernas cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho y el fantasma de una sonrisa en sus labios. A su lado estaba el bastón. Los mechones de cabello gris lanzaban pequeños destellos anaranjados en la creciente oscuridad.

            —¿A dónde vamos?

            —Dios te dio una oportunidad —respondió ella y sonrió—. Ya lo verás.

 

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